Reza por Francia y por la paz en el mundo
Libro de a Sabiduría
En la misa de hoy se lee un texto del libro de la Sabiduría que nos descubre el bien tan grande que el Señor nos da: su presencia en nosotros.
En ella hay un espíritu inteligente, santo, único, multiforme, sutil, ágil, perspicaz, sin mancha, diáfano, inalterable, amante del bien, agudo,
libre, bienhechor, amigo de los hombres, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, lo observa todo y penetra en todos los espíritus: en los inteligentes, en los puros y hasta los más sutiles.
La Sabiduría es más ágil que cualquier movimiento; a causa de su pureza, lo atraviesa y penetra todo.
Ella es exhalación del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Todopoderoso: por eso, nada manchado puede alcanzarla.
Ella es el resplandor de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios y una imagen de su bondad.
Aunque es una sola, lo puede todo; permaneciendo en sí misma, renueva el universo; de generación en generación, entra en las almas santas, para hacer amigos de Dios y profetas.
Porque Dios ama únicamente a los que conviven con la Sabiduría.
Ella, en efecto, es más radiante que el sol y supera a todas las constelaciones; es más luminosa que la misma luz,
Ya que la luz cede su lugar a la noche, pero contra la Sabiduría no prevalece el mal.
Ella despliega su fuerza de un extremo hasta el otro, y todo lo administra de la mejor manera.
Libro de la Sabiduría 7,22-30.8,1.
Llénate de vida
Si te acercas a comulgar todos los días, conseguirás llenar tu casa de vida hasta que reluzca más que el sol. Una vida de verdad que todos quieren pero que no consiguen porque no van a la Mesa del Señor.
Llena tu casa de vida, permite que te habite la Trinidad y busca siempre su Voluntad; ni te imaginas lo que te espera porque hasta ahora jamás conociste dicha igual.
¿Triunfo? ¿fracaso?
“El amor, olvidándose de su propia dignidad, está sediento de ensalzar y engrandecer a la persona amada. Solo tiene una medida: no tener medida». San Agustín.
Nacimos para amar, si no amamos hemos fracasado en el gran proyecto de nuestra vida. Podemos tener toda clase de bienes materiales, gran reconocimiento de nuestros semejantes, gente que nos siga, un físico espectacular…que si no amamos hemos fracasado.
Si andamos midiendo nuestra entrega personal, si nuestro pensamiento hacia el otro es: «me conviene», «me puede ayudar», «me apoyo en él», «es una ocasión para mí», entonces nos tenemos que vigilar porque nos estamos alejando del plan que Dios tiene para nuestra vida. Si pensamos cuando actuamos en: «esto me satisface», «lo hago porque me gusta», «me apetece»…¡Cuidado! actuamos en nuestro propio beneficio y el amor está lejos y el fracaso cerca.
Podemos casarnos en una Iglesia o en una catedral que si Dios, que es Amor, no es el que nos une, estamos fracasando en nuestra vida. Podemos dar grandes donativos a las ONGs que si sólo es propaganda personal entonces estamos fracasando. Podemos acudir al Templo, subir al altar y desde allí actuar como el que sirve pero, si no somos capaces de ceder para que otro también suba y sirva, estamos fracasando.
Pidamos a nuestro Padre, que es Amor, su Espíritu para que su luz nos ilumine y nos haga ver como somos y su fortaleza nos ayude a cambiar y así, cuando llegue el gran día, último para nosotros en la tierra, podamos escuchar su voz tan llena de ternura que nos susurra: ¡Ven! has triunfado.
Saber escuchar
Cuántas veces sólo necesitamos eso: que nos escuchen. Escuchar es acoger al otro dentro de ti como si fuera algo íntimamente tuyo, es dejar que el otro descanse en tu alma, como el Señor dejó que aquel discípulo amado descansara en su corazón. Es una forma sencilla y muy asequible de vivir la maternidad espiritual. Aprender a escuchar es también aprender a vivir el silencio, dominando la palabra superficial e inútil. Escuchar sin prisas, con interés, sin mostrar disgusto o contrariedad porque los demás te roban tu tiempo o te cambian tus planes, poniendo lo que recibes en la presencia de Dios, orando internamente por la persona que así se te entrega.
En cada alma que te habla deberían resonar aquellas palabras del Padre en la transfiguración: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadle” (cf. Mt 17,5). Escucha y acoge a Cristo en las almas. Con la misma paciencia, delicadeza, disponibilidad, con la que El te escucha y te acoge a ti. El trato con Dios en tu oración personal ha de ser tu mejor escuela y entrenamiento para saber escuchar a las almas. Piensa cómo escucharía María cada una de las palabras de su Hijo, cómo escucharía el Hijo cada una de las palabras de José, de sus discípulos, de los enfermos que se le acercaban. Pero, sobre todo, piensa cómo escucharía Nuestro Señor cada una de las palabras del Padre. Así también eres tú escuchado, siempre, en lo más íntimo del corazón de Cristo.
De Mater Dei Posted: 02 Nov









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