Resucitó

En el cielo no hay Viernes Santo, es siempre Domingo de Resurrección.

En medio de la oscuridad que envolvía toda la tierra apareció una luz en un sepulcro de Jerusalén. Desde entonces y siguiendo los consejos de Jesús Resucitado (Mateo 5:15) se encienden a diario muchas luces en toda la tierra  para así vencer las tinieblas en espera del gran día de nuestra propia resurrección.

La vida y el Amor van juntos porque la vida sin Amor es muerte.

 

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Salvarme

En este Viernes Santo, camino del Calvario, ayúdame Cristo a ayudarte a llevar tu Cruz. Con su peso seré como niña y así podré entrar en tu Reino.

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La sabiduría del silencio

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Jesús, acusado ante el Sanedrín, sólo re­spondió con el silen­cio. Presentado ante Herodes, burlado y despreciado por su guardia, Jesús volvió a callar. Antes, ha­bía entrado triunfan­te en Jerusalén, y ante la aclamación ex­altada de la muchedu­mbre también el Señor calló. Aquel que era la Palabra del Pa­dre y que descansaba entre la gente cont­ándoles las parábolas del Reino, también sabía hablar con el silencio.

El silencio es una delicada expresión de acogida interior. Si el lenguaje autént­ico es el que nace del amor, también el amor se mide con el silencio. Amor de si­lencio es el lenguaje de Cristo en tantos sagrarios solitari­os. Amor de silencio es el Espíritu Santo actuando ocultamen­te en las almas. Amor de silencio y de acogida fue María en la Encarnación del Verbo. Amor de silenc­io habló el Verbo oc­ulto en el seno virg­inal de María. Amor de silencio fue el de Cristo sepultado, esperando oculto en el seno de la tierra. Amor de silencio es también el que se esconde detrás de ta­nto pecado de los ho­mbres.

¡Cuántos silencios hablan de sosiego y delicadeza en el amor! ¡Cuántas palabras ociosas y vacías, que no dicen nada, por las que se nos desp­arrama ese poco de vida interior que nos quedaba! ¡Cuánto ru­ido interior hace a veces ese «yo» que reclama a gritos sus pretendidos derechos y su ilegítimo seño­río! Has de aprender a callar, si quieres aprender a ser otro Cristo. Has de hac­er silencio en el al­ma, si quieres que resuene en ti el Espí­ritu, la voz del Pad­re.

Sólo en el silencio de tu alma aprenderás a oír esos silenci­os de Cristo, en los que tanto nos habla su Corazón enamorad­o. Jesús, Dios calla­do y silencioso, que buscas el silencio de mi alma para habl­arme allí toda tu in­timidad. Enseñame es­as hablas divinas, que tanto gustan a qu­ien las llega a alca­nzar.

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Mi destino

“El destino de nuestra vida es vivir con Dios para siempre (…)
Todas las cosas en este mundo son regalos de Dios, presentados a nosotros para que podamos conocer a Dios más fácilmente, y para que podamos agradecerlas más rápidamente (…) Apreciamos y usamos todos estos regalos, mientras nos ayuden a desarrollarnos como personas que aman. Pero si cualquiera de estos regalos se vuelve el centro de nuestras vidas, ellos desplazan a Dios, por lo que impiden nuestro crecimiento hacia nuestro destino (…).

Todo posee el potencial para generar en nuestro interior una profunda respuesta a nuestra vida en Dios. Nuestro único deseo y nuestra única elección debe ser éste: “Deseo y elijo lo que mejor me dirige a la profundización de la vida de Dios en mí”.

Ejercicios Espirituales de S Ignacio de Loyola

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La búsqueda


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