Después del pecado vino la muerte.
Pero, la muerte del cuerpo es buena porque:
Después del pecado vino la muerte.
Pero, la muerte del cuerpo es buena porque:
Porque a todos sus brazos se abrieron,
éstos son los que a Dios encontraron.
Desde el cielo, nos llega cercana
su presencia y su luz guiadora:
nos invitan, nos llaman ahora,
compañeros seremos mañana.
Si sientes una pesada cruz en tu vida, entonces vuélvete hacia Dios porque Él es especialista en cambiar la cruz por la resurrección. Si te pones en sus manos te cubrirá de gloria.
Si quieres acercarte a Dios sigue el ejemplo de esta mujer que, en el Evangelio de hoy, nos enseña como amar al Amor:
Lucas 7, 36-50: En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Una mujer de mala vida en aquella ciudad, cuando supo que Jesús iba a comer ese día en casa del fariseo, tomó consigo un frasco de alabastro con perfume, fue y se puso detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con sus lágrimas bañaba sus pies; los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con el perfume.
Viendo esto, el fariseo que lo había invitado comenzó a pensar: «Si este hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando; sabría que es una pecadora».
Entonces Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». El fariseo contestó: «Dímelo, Maestro». Él le dijo: «Dos hombres le debían dinero a un prestamista. Uno le debía quinientos denarios, y el otro, cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos lo amará más?» Simón le respondió: «Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Entonces Jesús le dijo: «Haz juzgado bien». Luego, señalando a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no me ofreciste agua para los pies, mientras que ella me los ha bañado con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de saludo; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besar mis pies. Tú no ungiste con aceite mi cabeza; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por lo cual, yo te digo: sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama». Luego le dijo a la mujer: «Tus pecados te han quedado perdonados».
Los invitados empezaron a preguntarse a sí mismos: «¿Quién es éste que hasta los pecados perdona?» Jesús le dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; vete en paz».
Esta mujer tenía sed de amor y se acerca a la única fuente que calma esa sed. Ella se acerca con delicadeza, humilde y un perfume en sus manos; solo se atreva a tocar los pies de Jesús pero, en ellos, se desborda su amor. Un amor que está lleno de detalles: los acaricia, los baña con sus lágrimas, los enjuga con sus cabellos…y así, su mucho amor le trae mucho perdón.
Cuando te acerques a Jesus en la Eucaristía, recuerda tener con Él la mayor manifestación de amor.
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