Compadécete de los que viven lejos de Dios porque no han hallado la Vida. Compadécete de ellos porque, a pesar de no haber bajado a los infiernos, no son capaces de subir al cielo; ten piedad de ellos y ayúdalos. Dales ejemplos de amor y misericordia. Sé amable y generoso y ama, ama, ama… porque si amas, Dios habita en ese hecho y transmites a Dios, que es Amor, al amar. Ama porque Jesús ama a todos, a los de cerca y a los de lejos, con tus comentarios, tu ayuda, tu gratitud. Ama…
Al amar…
25 de julio, Santiago Apóstol
Gracias Santiago por traernos la Vida de Cristo y su presencia en la Eucaristía.
Gracias por enseñarnos que Dios nos da de camino y meta la felicidad. Que nacimos para ser felices haciendo felices a los demás. Que nos dio la vida para que nos hiciéramos felices unos a otros.
Gracias por la esperanza en la resurrección que compartiste con nosotros.
Gracias por hablarnos de ese Jesús que tanto conociste y amaste.
Gracias por enseñarnos el camino de la santidad.
Gracias por dejarte aconsejar por María.
Amigo de Jesús y amigo mío, ruega al Señor por nosotros para que seamos fieles a Él en todo. Amén.
María Magdalena Santa
En la misa de hoy se leyó este texto del Cantar de los Cantares 3,1-4a:
Así habla la esposa:
En mi lecho, durante la noche, busqué al amado de mi alma. ¡Lo busqué y no lo encontré!
Me levantaré y recorreré la ciudad; por las calles y las plazas, buscaré al amado de mi alma. ¡Lo busqué y no lo encontré!
Me encontraron los centinelas que hacen la ronda por la ciudad: «¿Han visto al amado de mi alma?».
Apenas los había pasado, encontré al amado de mi alma.
“Jesús le dijo: ‘¡María!’. Ella lo reconoció y le dijo (…) ‘¡Maestro!”
El verdadero amante casi no encuentra placer en cosa alguna fuera de la cosa amada. Así “todas las cosas le parecían basura” y lodo al glorioso San Pablo, en comparación con el Salvador (Fil 3,8). Y la sagrada esposa [del Cantar de los cantares] es toda ella para su Amado: “Mi Amado es todo para mí y yo soy toda para Él. (…) ¿No habéis visto al amado de mi alma? (2,16; 3,3)
La gloriosa amante Magdalena encontró, en el sepulcro, unos ángeles que le hablaron en un tono angelical, es decir, con toda suavidad, para calmar la desazón que sentía; mas ella, al contrario, no sintió complacencia alguna ni en la dulzura de sus palabras, ni en el resplandor de sus vestiduras, ni en la gracia celestial de su porte, ni en la simpática hermosura de su rostro, sino que, deshecha en lágrimas, les dijo: “Se han llevado de aquí a mi Señor y no sé donde lo han puesto, y volviéndose hacia atrás vió a su dulce Salvador, pero en forma de jardinero, con lo que se sosegó su corazón, pues toda llena de dolor por la muerte de su Maestro, no quería flores, ni por consiguiente, jardinero. Tenía en su corazón la cruz, los clavos y las espinas, y buscaba a su crucificado. ¡Ah, mi buen jardinero! –dijo ella– si habéis plantado a mi difunto Señor como un lirio hollado y marchito entre vuestras flores, decídmelo en seguida, y me lo llevaré.”
Pero, en cuanto la llama por su nombre, exclama: “Maestro mío.” (…) Ahora bien, para mejor glorificar a su Amado, el alma anda siempre “en busca de su faz” (Sl 104,4), es decir, con una atención siempre más solícita y ardiente, va dándose cuenta de todos los pormenores de la hermosura y de las perfecciones que hay en Él, progresando continuamente en esta dulce busca de motivos que puedan perpetuamente excitarla a complacerse más y más en la incomprensible bondad que ama.
San Francisco de Sales (1567-1622), obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia
Tratado del amor a Dios, 5, 7
La Virgen María del Carmen
«Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno»
En él vemos el amor maternal de María y su protección, las madres envuelven a sus hijos en telas para protegerlos.
En él llevamos una marca que nos distingue: imitamos a María en su fe fuerte, en su caridad desbordante, en su ternura infinita, en su esperanza sin límites. Con él María nos da un signo visible de como debe ser nuestra vida: fiel a Dios
«Pídele a la Virgen Madre del Carmen que en la tierra de tu alma anide la buena semilla de la virtud y de la continua conversión. Que el Espíritu Santo, como buen hortelano de tu alma, cuide esos brotes de vida divina y de santidad, que apuntan, quizá, entre las rocas y espinas de tu mediocridad y pecado. Deja que Cristo, como buen grano de trigo, se entierre en lo profundo de tu alma y pueda producir en ti frutos de una mayor y más sincera entrega a Dios. No dejes que tu mediocridad, tus excusas, tus comodidades, tus egoísmos, tus autosuficiencias, tus miedos y dudas, conviertan tu vida cristiana en un páramo árido, estéril e infértil. La rutina en las caídas, el descuido de los detalles aparentemente insignificantes, las pequeñas infidelidades de cada día, la desgana y apatía para las cosas de Dios, esas ocultas vanidades consentidas y, quizá, buscadas, pueden ahogar y secar los árboles más frondosos y los frutos más granados. Si tú quieres, la Virgen del Carmen cuidará siempre ese jardín de tu alma, en donde Dios quiere darte a gustar los frutos de una más sabrosa intimidad». De mater Dei
Sé feliz











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