El que se humilla será ensalzado

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No creo que haya nadie que necesite tanto de la ayuda y gracia de Dios como yo. A veces me siento impotente y débil. Creo que por eso Dios me utiliza. Puesto que no puedo fiarme de mis fuerzas, me fío de Él las veinticuatro horas del día. Y si el día tuviera más horas más necesitaría su ayuda y la gracia. Todos debemos aferrarnos de Dios a través de la oración. Mi secreto es muy sencillo: La oración. Mediante la oración me uno en el amor con Cristo. Comprendo que orarle es amarlo…

La gente está hambrienta de la palabra de Dios para que les dé paz, unidad y alegría. Pero no se puede dar lo que no se tiene, por lo que es necesario intensificar la vida de oración.

Sé sincero en tus oraciones. La sinceridad es humildad y ésta solo se consigue aceptando las humillaciones. Todo lo que se ha dicho y hemos leído sobre la humildad no es suficiente para enseñarnos la humildad. La humildad solo se aprende aceptando las humillaciones, a las que nos enfrentamos durante toda la vida. Y la mayor de ellas es saber que uno no es nada. Este conocimiento se adquiere cuando uno se enfrenta a Dios en la oración. Por lo general, una profunda y ferviente mirada a Cristo es la mejor oración: yo le miro y Él me mira. Y en el momento en que te encuentras con Él cara a cara adviertes sin poderlo evitar que no eres nada, que no tienes nada.

Beata Teresa de Calcuta
El amor más grande

 

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Jesús y las mujeres

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Llama la atención la manera tan delicada con que trataba el Señor a las mujeres. Hay multitud de detalles en los Evangelios que nos dan idea de la normalidad con la que Jesús empleaba ese trato, sin caer en la frivolidad o las distancias innecesarias, reconociendo la dignidad que merece cualquier mujer. He ahí su gran atractivo. La situación, por ejemplo de indefensión en la que se encontró Jesús, cuando todo un pueblo intenta apedrear a la mujer adúltera. Nos admira que, más allá de los respetos humanos, el Señor sale al encuentro de un corazón herido y arrepentido, en este caso el de una mujer, que es la única “condición” que pone la misericordia de Dios.

Las mujeres, en la época del Señor, no gozaban de todos los derechos y prerrogativas de los varones, ni se les permitía protagonismos excesivos. Sin embargo, en el acontecimiento más importante de Jesús, su pasión, muerte y resurrección, vemos dos hechos significativos. Por un lado, aquellas mujeres que permanecieron con fidelidad junto a la Cruz del Señor, mientras las promesas de sus discípulos se hacían añicos con su cobarde huída. Por otro, cómo Jesús dio la primicia de su resurrección a esas mujeres que fueron a embalsamar su cuerpo, y las primeras en anunciar a los discípulos el milagro. En todo ello, vemos el premio con que Dios recompensó la fidelidad de unas mujeres, sólo fundamentada en un amor auténtico y sin fisuras.

Hay que descubrir en la Virgen María la escuela donde Jesús aprendió el verdadero trato con las mujeres: discreción, cariño, prudencia… La madre de Dios, además, es signo de fortaleza, ya que en los momentos más difíciles sólo una mujer puede demostrar su saber estar, sin miedo al dolor o al qué dirán.

De Mater Dei  www.mater-dei.es

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María y la corona

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 Acaban de dar sepultura a Jesús. María envuelve en un lienzo la corona de espinas y se recoge en la casa de unos amigos. Allí, a la luz de Dios, mira este instrumento de dolor. Su mirada se pierde entre las espinas buscando la carne doliente de su Hijo. Su corazón se contrae  ante el pecado. Es el primer Viernes Santo por la noche; en la oscuridad en la que el mundo está sumergido María contempla y ora, espera y ama. Su fe en Dios es absoluta, Él que será Rey tenía una corona de espinas. Ella empieza a comprender que su Hijo reina sobre el dolor, el pecado, ¿la muerte? ¡Oh Dios mío! ¡Es verdad! reinará sobre la muerte. Va a volver ¡Aleluya!

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No busques en Internet lo que puedes encontrar dentro de ti. Viaja a tu interior y después difunde lo que viste, oíste,sentiste y percibiste a todo el mundo.

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El hijo pródigo y el otro hijo

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¡Ay Padre! Perdónanos por no amarte. Ninguno de tus hijos de amaba y ninguno se parecía a Ti. Encerrados en si mismos, cada unos de ellos atendían a la herencia que perece e ignoraban la riqueza que tu les ofertabas.

¡Ay Padre! Perdóname a mí porqque yo soy los dos hijos en uno. Mi corazón, endurecido por el pecado se cierra a tu Amor. Ayúdame a convertirme a Ti y amarte. Aún se escucha la voz de S Francisco que a través de los siglos  clama: «El Amor no es amado». Ten piedad de mi falta de amor, ten piedad.

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