Tú, que nos amas más que nadie, te adentraste en el Jordán para recibir el bautismo de manos de uno de los nuestros; y así, rebajándote, nos ensañas el camino de humildad que cada uno tiene que recorrer. En ese momento sagrado, Dios se manifestó en Ti dándose a conocer como Trinidad Santa.
Señor, ten piedad de nosotros y danos la virtud de la humildad para que empecemos a semejarnos a Ti, danos la paciencia para esperar los tiempos que Dios marca y danos sabiduría para dejar nuestras vidas a Dios. Ayúdanos con tu ejemplo y fuerza a recorrer el camino de la vida desde el bautismo hasta nuestra cuaresma particular de tal forma que, después de nuestro viernes santo, podamos tener un domingo de resurrección.
Adora a Dios en el pesebre de Belén. Adora a este Niño que es Dios. Adora confiando en Él y esperando sus promesas. Adora elevando al cielo tus plegarias. Adora y llévale tu vida porque Él remienda tus rotos, cura tus heridas, arregla tus errores, abre tus caminos y cuida de ti. Adora y cree en Él ya que jamás hallarás a nadie igual. Él es capaz de saciar tu sed más profunda de felicidad, tu hambre de Amor y tu necesidad de perdón. Él sanará tu vida y la llenará de alegría y paz. No tardes hoy en unirte a los Reyes Magos y postrarte ante el Portal adorando y ofreciendo.
Si se nos pregunta sobre qué otra palabra podemos usar en vez de «Dios», la respuesta podría ser «Presencia», pues eso es lo que Dios es. Cuando Moisés le preguntó a Yavé su nombre, Yavé contestó «Soy el que Soy», lo que significa «Estoy Presente». Dios está diciendo «Estaré allí para vosotros». Dios está íntimamente presente en todo, y especialmente en nosotros. El nombre de Jesús es Emmanuel, que significa «Dios está con nosotros». El Evangelio de Mateo finaliza con esta maravillosa declaración: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia». De Espacio Sagrado-Oración 4 de Enero.
Piensa que Dios te rodea, te envuelve y te abraza. Él va delante de ti preparando tu vida y va detrás de ti suavizando o borrando tus errores.
Dios es el mejor médico de tu cuerpo y el mejor maestro de tu alma. Déjate invadir por Dios para que penetre hasta las zonas más escondidas de tu interior y las transforme con su fuerza haciendo de ti un ser nuevo.
En la Misa de hoy se lee la Epístola I de San Juan 2, 22-28. De ella quedó en mi corazón, repitiéndose hasta calar profundamente, lo siguiente: «La promesa que Él nos hizo es esta: la Vida eterna». Nadie me hizo una promesa mejor, nadie me dio tanto consuelo como Jesús prometiendo la vida, y yo lo creo ya que firmó esta promesa con la cruz y la resurrección. Bendito sea Dios que nos buscó en las profundidades del mal para elevarnos a Él y darnos la vida para siempre.
En este nuevo año intentaré que esta promesa esté en el centro de mi vida; de esta forma cuando la tentación llegue y las dudas aparezcan giraré mis ojos y oídos hacia Jesús para escuchar de nuevo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré el último día».
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